Antes del auto hice lo que hace todo el mundo. Me metí en arquitectura y estuve
tres años estudiando algo que no sabía si me gustaba,
por cumplir. Trabajaba en una cancha de fútbol 5 y cada peso que ganaba se me iba el fin
de semana. Hubo una noche en la que toqué fondo de verdad, y no la voy a adornar acá
para que quede linda.
Lo que me cambió la cabeza no fue una frase motivacional ni un video de YouTube. Fue
mirar a mis viejos un día cualquiera y
ver el desgaste que tenían encima por habernos dado todo
a mi hermana y a mí. Ahí entendí que si no cambiaba lo que sabía hacer, me quedaba ahí
para siempre.
Entonces tomé la decisión que mi familia no entendió: vendí el Fiat Uno. Con esa plata,
más USD 1.500 que le pedí prestados a mi papá, pagué mi
primer curso de marketing digital. No gasté todo lo del auto, y con lo que quedó
le devolví a mi viejo hasta el último peso.
¿El resultado inmediato? Cero. Perdí más de USD 3.000
probando modelos de negocio equivocados, sin ganar un solo centavo. Me temblaba la voz
en cada llamada y dudé mil veces.
Cualquiera con un canal te diría que oculte esto. Yo te lo muestro. Esa plata no se
perdió: fue la matrícula de entrada al mundo real de los negocios.